Una ciudad flotante

Una ciudad flotante

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Las bibliotecas y los vendedores ambulantes marchan con el viajero. El tren volaba por entre campos sin barreras, bosques en que se habían hecho cortas recientes, a riesgo de tropezar con troncos de árboles; ciudades nuevas con anchas calles surcadas por rails, pero que aún carecían de casas, ciudades cuyos nombres son los más poéticos de la historia antigua: Roma, Palmira, Siracusa. Todo el valle del Mohawk, desfiló ante nuestros ojos; asi entablé conocimiento con el país que pertenece a Fenimore como el Sob-Roy a Walter Scott. Brilló por un momento, en el horizonte, el lago Ontario, teatro de las escenas de la obra maestra de Cooper.

A las once de la noche pasamos al tren de Rochester, y atravesamos las rápidas corrientes de Tennesse, que huían en forma de cascadas, bajo los vagones. A las dos de la madrugada llegamos a Niágara Falls; el doctor me condujo a una fonda soberbia, llamada «Cataract House».







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