Una ciudad flotante
Una ciudad flotante La torre está en plena catarata. Desde su cumbre, las miradas penetran en el abismo, hundiéndose hasta la garganta de aquellos monstruos que beben el torrente. Se siente cómo tiembla la roca que sostiene la torre. En torno de ella se descubren desmoronamientos espantosos, como si el lecho del río cediera. No se oye hablar. De aquellos remolinos de agua, salen truenos. Las líneas líquidas humean y silban, como saetas. La espuma llega a lo alto del monumento. El agua pulverizada se eleva por los aires, formando un espléndido arco iris.
Por un simple efecto de óptica, parece que la torre se mueve con terrible velocidad, pero retrocediendo, afortunadamente, porque, si la ilusión fuese al contrario, el vértigo sería irresistible, nadie podría mirar aquel abismo.
Jadeantes, fatigados, entramos un momento al piso alto de la torre. Allí, el doctor creyó oportuno decirme:
—Este Terrapintower, amigo mío, caerá algún día al abismo; tal vez mucho antes de lo que se cree.
—¿De veras?