Una ciudad flotante
Una ciudad flotante Durante todo el día, vagamos por las márgenes del Niágara, irresistiblemente atraídos por aquella torre en donde los mugidos de las aguas, la niebla de los vapores, el juego de los rayos solares, la embriaguez y los perfumes de la catarata, mantienen al espectador en perpetuo éxtasis. Después regresamos a Goat-Island para examinar la gran cascada desde todos los puntos de vista, sin cansarnos nunca de verla. El doctor hubiera querido llevarme a la Gruta de los Vientos, ahuecada detrás de la catarata central y a la cual se llega por una escalera practicada en la punta de la isla, pero en aquella temporada, estaba prohibido acercarse a ella, a causa de los frecuentes hundimientos que se producían, desde hacía algún tiempo, en aquellas peñas quebradizas.
A las cinco estábamos de vuelta en Cataract House. Después de comer rápidamente, fuimos otra vez a Goat-Island. El doctor quiso volver a ver las Tres Hermanas, deliciosos islotes situados a lo último de la isla. Llegada la noche, me llevó de nuevo al tembloroso peñasco de Terrapintower.