Una ciudad flotante
Una ciudad flotante Algunos instantes después, bajábamos por una cuesta muy larga de la orilla canadiense, que nos condujo a la orilla del río, casi enteramente obstruido por los hielos. Una barca nos esperaba para llevarnos «a América». Un viajero, ingeniero de Kentucky, que reveló al doctor su nombre y profesión, estaba ya embarcado. Nos sentamos junto a él sin perder momento; ya separando los témpanos, ya rompiéndolos, la barca llegó al medio del río, donde tenía el paso más expedito. Desde allí dirigimos la última mirada a la admirable catarata del Niágara. Nuestro compañero la examinaba atentamente.
—¡Qué hermosa es! —le dije—. ¡Es admirable!
—Sí —me respondió—; pero ¡cuánta fuerza motriz desperdiciada! ¿Qué molino podría poner en movimiento, con semejante salto de agua?
Jamás he experimentado más feroz deseo de echar un ingeniero al agua.
