Una ciudad flotante
Una ciudad flotante Preciso es confesar que no era tranquilizadora la promesa del doctor. Las pasajeras hubieran chillado de miedo al oírle. ¿Se burlaba o no? ¿Era verdad que seguía todas las travesías del Great-Eastern para asistir a una catástrofe? Todo es posible en un excéntrico, sobre todo si es inglés.
Pero el buque continuaba caminando, meciéndose como una piragua, guardando imperturbable la línea loxodrómica de los buques de vapor. En un plano, la línea más corta entre dos puntos dados es la recta, pero, en una esfera, lo es el arco del círculo máximo que los une. Los buques para abreviar su travesía, procuran seguir esta línea; pero los de vela, cuando tienen viento de proa, no pueden conservarse en ella. Sólo los buques de vapor pueden seguir rigurosamente los círculos máximos. Esto fue lo que hizo el Great-Eastern, elevando algo su ruta al Noroeste.
Continuaban los balances. El mareo, esa enfermedad horrible, contagiosa y epidémica, hacía rápidos progresos. Algunos pasajeros, pálidos, ojerosos, permanecían sobre cubierta para aspirar el aire libre. La mayor parte de ellos vociferaba insultos contra el buque, que se portaba como una boya, y contra la «Sociedad de fletadores», cuyos prospectos anunciaban que en el Great-Eastern era imposible el mareo.
