Una ciudad flotante
Una ciudad flotante Después de nuestra larga ausencia, a Fabián correspondÃa confiarse a mÃ, y a mà guardar sus confidencias. Me habÃa contado de su vida pasada lo que querÃa que yo conociera, su existencia de guarnición de la India, sus cacerÃas, sus aventuras, pero respecto a los sentimientos que oprimÃan su corazón acerca de la causa de los suspiros que elevaba su pecho, guardaba silencio. Sin duda, no siendo Fabián como los que desahogan su corazón refiriendo sus penas, debÃa sufrir más que ellos.
PermanecÃamos, pues, asomados al mar, y cuando me volvà observé las dos ruedas que se sumergÃan alternativamente por efecto del balanceo.
De pronto Fabián me dijo:
—¡Esa estela es verdaderamente magnÃfica! ¡Parece que se complacen en escribir letras! ¡Mirad cuánta l y cuánta e! ¿Me engaño acaso? ¡No! ¡No! ¡Son letras! ¡Y siempre las mismas!
La imaginación sobreexcitada de mi pobre amigo veÃa lo que querÃa ver. Pero ¿qué significaban aquellas letras? ¿Qué recuerdo evocaban en su corazón?
Fabián, que habÃa vuelto a ensimismarse, me dijo bruscamente:
—¡Vámonos! ¡Ese abismo me atrae!
—¿Qué tenéis, Fabián? —le pregunté, estrechando sus dos manos—. ¿Qué tenéis, querido amigo?