Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Era una biblioteca. Altas estanterías de palisandro negro, con adornos de cobre, soportaban en sus largos anaqueles gran número de libros encuadernados en forma uniforme. Seguían el contorno de la sala y terminaban en la parte inferior en amplios divanes, acolchados, de cuero color pardo, que ofrecían las más cómodas curvas para el reposo del cuerpo. Livianos pupitres móviles que podían acercarse o alejarse a voluntad, permitían apoyar en ellos el libro durante la lectura. En el centro había una gran mesa cubierta de folletos, entre los cuales se veían algunos periódicos ya viejos. La luz eléctrica inundaba todo el armonioso conjunto y surgía de cuatro globos (1) esmerilados semiocultos entre las volutas del cielo raso. Yo miraba con real admiración aquella sala tan ingeniosamente instalada, sin poder dar crédito a mis propios ojos.
-Capitán Nemo, le dije a mi anfitrión que acababa de arrellanarse en un sofá, he aquí una biblioteca que sería motivo de lustre para más de un palacio de los continentes, v me maravilla pensar que puede usted llevarla consigo a lo más profundo de los mares.
-¿Dónde se hallaría más soledad, más silencio, señor profesor?, respondió el capitán Nemo. ¿Le brinda a usted su gabinete de trabajo en el Museo un reposo tan completo?