Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Ahora bien, en el punto señalado en el planisferio corría uno de esos ríos, que los japoneses llaman Kuro-scivo, el Río Negro, surgido del golfo de Bengala, donde lo calientan los rayos perpendiculares del sol tropical, y que pasa por el estrecho de Malaca, bordea la costa de Asia, se curva en el Pacífico norte hasta las islas Aleutianas, cargado de troncos de alcanfores y otros productos indígenas, destacándose por el puro color índigo de sus aguas calientes entre las olas del océano. Era esa corriente la que el Nautilus recorría. Yo la seguía con la mirada, la veía perderse en la inmensidad del Pacífico y me sentía arrastrado por ella cuando Ned Land y Consejo aparecieron en la puerta del salón.
Mis dos valientes compañeros quedaron hechos una pieza ante las maravillas que se les brindaban a la vista.
-¿Dónde, dónde estamos?, exclamó el canadiense. ¿En el Museo de Quebec?
-¡Si al señor le parece, diría yo, más bien, en el palacio de Sommerard!, añadió Consejo.
-Amigos míos, les respondí haciéndoles seña de que entraran, no están ustedes en el Canadá ni en Francia, sino a bordo del Nautilus y a cincuenta metros bajo el nivel del mar.
-Hemos de creer al señor, puesto que el señor lo afirma, replicó