Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Mis movimientos, con la ayuda del agua, se realizaban con sorprendente facilidad. Llegando a aquella profundidad de trescientos pies percibía aún los rayos del sol, aunque muy débiles. Al resplandor intenso había sucedido un crepúsculo rojizo, término medio entre el día y la noche. Sin embargo, veíamos bastante para guiarnos y no era necesario todavía acudir a los aparatos Ruhmkorff. En aquel instante el capitán Nemo se detuvo. Esperó a que estuviera a su lado y me señaló con el dedo unas masas oscuras que se destacaban en la sombra, a poca distancia.
-Es la selva de Crespo, murmuré. Y no me engañaba.
UN BOSQUE SUBMARINO
Habíamos llegado por fin al borde de ese bosque, sin duda uno de los más hermosos de los inmensos dominios del capitán Nemo. Lo consideraba como suyo y se atribuía sobre él los mismos derechos que tenían los primeros hombres en el amanecer del mundo. Además,