Veinte mil leguas de viaje submarino

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UNOS DIAS EN TIERRA

Recibí honda impresión al tocar tierra. Ned Land tanteaba el suelo con el pie como para tomar posesión de él. Apenas hacía dos meses, sin embargo, que según la expresión del capitán Nemo éramos

"pasajeros del Nautilus", es decir, en realidad, prisioneros de su comandante. En algunos minutos estuvimos a tiro de fusil de la costa. Aunque el suelo era casi enteramente madrepórico, algunos lechos de torrentes secos, sembrados de restos graníticos, demostraban que la isla se debía a una formación primaria. Todo el horizonte se ocultaba tras una cortina de bosques admirables. Árboles enormes, cuya altura alcanzaba a veces sesenta metros, se unían unos con otros mediante guirnaldas de lianas, verdaderas hamacas naturales mecidas por una ligera brisa. Había allí mimosas, ficus, casuarinas, tecas, híbiscus, pandanus, palmeras, profusamente mezclados, y al abrigo de las verdes bóvedas, al pie de los troncos gigantescos, crecían orquídeas, leguminosas y helechos. Pero sin fijarse en aquellos hermosos ejemplares de la flora papuásica, el canadiense se dedicó más a lo útil que a lo agradable. Vio un cocotero, hizo caer algunos de los frutos, los rompió, bebimos el líquido dulce contenido en su interior, llamado leche de coco, y comimos su pulpa carnosa con un placer que entrañaba una protesta contra la comida habitual en el Nautilus.

-¡Excelente!, decía Ned Land.


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