Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Al día siguiente, 10 de enero, el Nautilus reanudó su marcha entre dos aguas, con una velocidad que entiendo no bajaba de las treinta y cinco millas por hora. La rapidez con que se movía la hélice era tal que yo no podía distinguir las revoluciones y menos contarlas. Cuando recordaba que el maravilloso agente de la electricidad no solamente le daba movimiento, calor y luz al Nautilus, sino que también lo protegía contra los ataques exteriores, convirtiéndolo en arca santa en la que ningún profanador ponía las manos sin caer fulminado, mi admiración superaba todo límite, y del aparato se extendía en seguida al ingeniero que lo había creado.
Avanzábamos directamente hacia el oeste, y el 11 de enero doblamos el cabo Wessel, situado a los 135º de longitud y a los 10º de latitud norte, el cual forma la punta este del golfo de Carpentaria. Todavía encontrábamos numerosos arrecifes, pero más distanciados entre sí y marcados en el mapa con suma precisión. El Nautilus fácilmente eludió las rompientes de Money a babor y los arrecifes Victoria a estribor, ubicados a los 130º de longitud en el décimo paralelo por el que seguíamos invariablemente.
