Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino El segundo habÃa vuelto a emplear el catalejo escudriñando con obstinado afán el horizonte, yendo y viniendo, golpeando con el pie, y su agitación nerviosa contrastaba con la serenidad de su jefe. En ese momento, el segundo llamóle la atención nuevamente al capitán, quien interrumpió su paseo, dirigiendo el catalejo hacia el punto señalado. Lo examinó muy atento.
Por mi parte, intrigado en modo sumo, bajé al salón y volvà con un excelente anteojo de larga vista del que me valÃa de ordinario; luego, apoyándolo en la caja del faro que sobresalÃa en la parte delantera de la, plataforma, me disponÃa a recorrer toda la lÃnea del cielo y del mar. Pero no habÃa acercado aún el ojo al ocular, cuando me arrebataron el instrumento de las manos. Me volvÃ.
El capitán Nemo se hallaba ante mÃ, aunque tardé en reconocerlo. Se le habÃa transformado la fisonomÃa. La mirada, encendida en torvo fulgor, se ocultaba bajo el ceño fruncido. Dejaba descubiertos a medias los dientes. El cuerpo rÃgido, los puños apretados, la cabeza hundida entre los hombros, revelaban el odio violento que lo embargaba. No se movÃa. Mi anteojo, caldo de sus manos, habÃa rodado a nuestras plantas.
¿Acababa yo de provocar, sin quererlo, tal actitud de irritación?