Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Los preciosos moluscos estaban fuertemente adheridos a las rocas por una sustancia viscosa un biso de color pardo que no les permite moverse.
Observaba la ostra meleagrina, madreperla con valvas aproximadamente iguales, bajo la forma de un caparazón redondeado de espesas paredes exteriormente muy rugosas. Algunas estaban festoneadas y surcadas por bandas verduscas que nacían en su parte superior. Eran las ostras jóvenes. Otras, de superficie tosca y negra, de diez o más años, medían hasta quince centímetros de ancho. El capitán Nemo me indicó con la mano este amontonamiento prodigioso de ostras, y comprendí que la mina era verdaderamente inagotable, pues la fuerza creadora de la naturaleza triunfa del instinto destructor del hombre. Ned Land, fiel a tal instinto de destrucción, se apresuraba a llenar con los más bellos moluscos una red que llevaba al costado.