Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino La vaca marina que Ned Land se disponía a atacar tenía colosales dimensiones; de largo medía por lo menos siete metros. Estaba inmóvil y parecía dormitar en la superficie de las olas, circunstancia que podría facilitar su captura. La canoa se aproximó prudentemente a tres brazas del animal. Los remos quedaron suspendidos en sus soportes. Me incorporé a medias. Ned Land, con el cuerpo algo echado hacia atrás, blandía el arpón con mano firme. De improviso se escuchó un silbido y el cetáceo desapareció. El arpón, arrojado con fuerza no había alcanzado sino el agua, sin duda.
-¡Mil diablos!, gritó furioso el canadiense. ¡Le he fallado!
-¡No!, dije, el animal está herido, observe la sangre, pero el arpón no se ha mantenido en su cuerpo.
-¡Mi arpón! ¡Mi arpón!, gritó Ned Land.
Los marineros volvieron a empuñar los remos y el timonel dirigió la embarcación hacia el tonel flotante. Recogido el arpón, la canoa inició la persecución del animal.