Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Traspuesto el estrecho de Gibraltar, el Nautilus había ganado la, alta mar. Volvió a la superficie y pudimos reanudar así nuestros cotidianos paseos en la plataforma. Ascendí a ella en cuanto me fue posible, acompañado de Ned Land y de Consejo. A una distancia de doce millas aparecía vagamente el cabo San Vicente, que forma la extremidad sudoeste de la península Ibérica. Soplaba un fuerte viento del sur. Había mar gruesa, encrespada, que sometía a violentos balanceos al Nautilus. Resultaba casi imposible mantenerse en la plataforma batida a cada instante por el oleaje. Descendimos, pues, luego de haber aspirado algunas bocanadas de aire. Regresé a mi habitación. Consejo se dirigió a su camarote; pero el canadiense, con aire muy preocupado, me siguió. Nuestro rápido paso a través del Mediterráneo no le habla permitido poner en práctica sus proyectos de fuga, y disimulaba mal su desencanto. Cuando estuvo cerrada la puerta, tomó asiento y me miró en silencio.
-Amigo Ned, le dije, lo comprendo, pero usted no tiene nada que reprocharse. ¡En las condiciones en que navegaba el Nautilus, tratar de alejarse de él hubiera sido una locura!
Ned Land no me contestó. Los labios apretados, el ceño fruncido, indicaban que lo dominaba la violenta obsesión de una idea fija.
