Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -¡Eh! ¡Por mil demonios, si!, respondió Ned Land. ¡Es soberbio!
Rabio al tener que admitirlo. Jamás se ha visto cosa semejante. Pero este espectáculo puede resultarnos caro. Y si me permiten decirlo, pienso que estamos viendo aquà cosas que Dios quiso tener ocultas a la vista del hombre.
Ned tenÃa razón. Era aquello demasiado hermoso. De pronto, un grito de Consejo me hizo volver la cabeza.
-¿Qué pasa?, pregunté.
-¡Cierre los ojos señor! ¡No mire el señor! Y diciendo esto, Consejo apretaba las palmas con fuerza en los párpados.
-¿Qué te sucede, muchacho?
-¡He quedado encandilado, estoy ciego!
Involuntariamente llevé las miradas hacia el cristal, pero no pude soportar el tremendo esplandor que lo envolvÃa. Comprendà lo que estaba pasando. Acababa el Nautilus de emprender la marcha a gran velocidad: todos los destellos tranquilos de las murallas de hielo se habÃan transformado entonces en rayas fulgurantes. Los fuegos de aquellos miles de diamantes se confundÃan en qno. El Nautilus, al impulso de su hélice, viajaba dentro de una vaina de relámpagos,