Veinte mil leguas de viaje submarino

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-No ha de rechazar su concurso. Venga usted, Ned. Llevé al canadiense a la cámara donde los tripulantes del Nauti- lus vestían las escafandras. Le transmití al capitán la propuesta de Ned, que le fue aceptada. El canadiense se puso el traje de mar Y al instante estuvo listo como sus compañeros de labor. Cada uno de ellos tenía puesto a la espalda un aparato Rouquayrol en el que los depósitos del Nautilus habían trasladado una buena cantidad de aire puro, quite valioso, pero necesario, que se les ocasionaba a sus reservas. Por lo que respecta a las lámparas Ruhmkorff, eran inútiles en medio de las aguas luminosas y saturadas de rayos eléctricos. 

Cuando estuvo vestido Ned, yo regresé al salón, cuyos cristales estaban descubiertos, y puesto al lado de Consejo examiné las capas ambientes que sostenían al Nautilus. Unos instantes después veíamos a una docena de hombres de la tripulación que hacían pie en el banco de hielo, entre ellos Ned Land, a quien se lo reconocía por su alta estatura. El capitán Nemo los acompañaba. Antes de proceder a cavar las murallas, hizo practicar sondeos para verificar la adecuada orientación de los trabajos. Largas sondas hundidas en las paredes señalaron que después de quince rnetros de examen continuaba siendo espesa la muralla. 


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