Viaje al centro de la tierra

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Al atardecer, di un corto paseo por las orillas de Reikiavik, y volví temprano a acostarme en mi cama de grandes tablas, donde dormí con profundo sueño.

Cuando me desperté, oí a mi tío que hablaba con la mayor locuacidad en la sala vecina. Me levanté en el acto y me apresuré a reunirme con él.

Hablaba en danés con un hombre de elevada estatura y bien plantado. Aquel gran mocetón debía tener una fuerza poco común. Sus ojos, horadados en una cabeza muy grande y bastante ingenua, me parecieron inteligentes. Eran de un azul soñador. Unos cabellos largos, que habrían pasado por pelirrojos incluso en Inglaterra, caían sobre sus atléticos hombros. Aquel indígena tenía movimientos ágiles, pero movía poco los brazos, como hombre que ignoraba o despreciaba el lenguaje de los gestos. Todo revelaba en él un temperamento de calma perfecta; no indolente, sino tranquilo. Daba la impresión de no pedir nada a nadie, de trabajar a su conveniencia, y de que su filosofía no podía ser ni sorprendida ni perturbada por nada en este mundo.



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