Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Hubiera debido ser de noche, pero en el paralelo sesenta y cinco no debía sorprenderme la claridad nocturna de las regiones polares. Durante los meses de junio y julio el sol no se pone en Islandia.
No obstante, la temperatura había bajado. Tenía frío, y sobre todo hambre. Bendito sea el boer que se abrió hospitalariamente para recibirnos.
Era la casa de un campesino, pero en punto a hospitalidad valía tanto como la de un rey. A nuestra llegada, el dueño de la casa vino a estrecharnos la mano y, sin más ceremonia, nos hizo señas de seguirle.
En efecto, seguirle, porque acompañarle hubiera sido imposible. Un pasaje largo, estrecho y oscuro, daba acceso a un habitáculo construido con vigas escuadradas apenas, y permitía llegar a cada una de las habitaciones; éstas eran cuatro: la cocina, el taller de tejer, la badstofa, dormitorio de la familia, y, la mejor de todas, la habitación de los forasteros. Mi tío, en cuya estatura no habían pensado al construir la casa, no pudo evitar darse tres o cuatro veces con la cabeza contra los salientes del techo.
