Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Comenzaba el verdadero viaje. Hasta entonces las fatigas habían prevalecido sobre las dificultades; ahora éstas iban a nacer realmente bajo nuestros pies.
Aún yo no había hundido mi mirada en aquel pozo insondable donde iba a sumergirme. Había llegado el momento. Todavía podía decidirme por la aventura o negarme a intentarla. Pero sentí vergüenza de retroceder ante el cazador. Hans aceptaba tan tranquilamente la empresa, con tal indiferencia, con una despreocupación tan perfecta ante cualquier posible peligro que me ruboricé ante la idea de ser menos valiente que él. De estar solo, habría iniciado la retahíla de los grandes argumentos; pero en presencia del guía me callé; uno de mis recuerdos voló hacia mi linda virlandesa, al tiempo que me acercaba a la chimenea central.
He dicho que medía cien pies de diámetro, o trescientos pies de circunferencia. Me incliné por encima de una roca que sobresalía en el abismo, y miré. Mis cabellos se erizaron. El sentimiento del vacío se apoderó de mi ser. Sentí desplazarse dentro de mí el centro de gravedad y subir el vértigo a mi cabeza como una borrachera. Nada más embriagador que aquella atracción del abismo. Iba a caer. Una mano me retuvo. La de Hans. Decididamente no había tomado suficientes «lecciones de abismo» en la Frelsers-Kirk de Copenhague.
