Viaje al centro de la tierra

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21

Al día siguiente partimos muy temprano. Había que darse prisa. Estábamos a cinco días de marcha de la encrucijada.

No insistiré en las penalidades de nuestra vuelta. Mi tío las soportó con la cólera de un hombre que ya no se siente el más fuerte. Hans, con la resignación de su naturaleza pacífica; yo, lo confieso, quejándome y desesperándome: no podía tener ánimo ante aquella mala fortuna.

Como había previsto, el agua se acabó al final del primer día de marcha. Nuestra provisión líquida se redujo entonces a la ginebra, pero ese licor infernal quemaba el gaznate, y yo no podía siquiera soportar su vista. La temperatura me parecía asfixiante. El cansancio me paralizaba. Más de una vez estuve a punto de caer falto de movimiento; entonces se hacía un alto y mi tío y el islandés me reconfortaban lo mejor que podían. Pero yo veía ya que el primero reaccionaba penosamente a la extremada fatiga y las torturas motivadas por la falta de agua.

Finalmente, el martes 7 de julio, arrastrándonos sobre nuestras rodillas y manos, llegamos medio muertos al punto de unión de las dos galerías. Allí permanecí como una masa inerte, tendido sobre el suelo de lava. Eran las dos de la mañana.


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