Viaje al centro de la tierra

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Al día siguiente ya habíamos olvidado nuestros pasados sufrimientos. Lo que más me asombró fue no tener sed ya, y me pregunté el motivo. El riachuelo que corría a mis pies murmurando se encargó de responderme.

Desayunamos y bebimos aquella excelente agua ferruginosa. Me sentía completamente reanimado y decidido a ir lejos. ¿Por qué un hombre tan seguro como mi tío no había de tener éxito con un guía industrioso como Hans y un sobrino «decidido» como yo? ¡Ésas eran las hermosas ideas que se deslizaban por mi cerebro! Si me hubieran propuesto subir a la cima del Sneffels, me habría negado con indignación.

Pero por suerte sólo se trataba de bajar.

—Sigamos —exclamé, despertando con mis entusiastas acentos los viejos ecos del globo.

Reanudamos la marcha el jueves a las ocho de la mañana. El corredor de granito, de sinuosos recovecos, presentaba recodos inesperados y parecía el imbroglio de un laberinto; pero, en resumidas cuentas, su dirección principal era siempre hacia el sureste. Mi tío no cesaba de consultar su brújula con la mayor atención, para saber el camino recorrido.


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