Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Debo confesarlo: hasta aquel momento las cosas iban bien, y yo no tenía derecho a quejarme. Si la «media» de dificultades no aumentaba, no había razón para que no pudiéramos alcanzar nuestra meta. Y entonces, ¡qué gloria! Había llegado a hacerme estos razonamientos a lo Lidenbrock. En serio. ¿Se debía al medio extraño en que vivía? Puede ser.
Durante algunos días, pendientes más rápidas, algunas incluso de una verticalidad horrible, nos adentraron profundamente en el macizo interno. En ciertas jornadas avanzábamos de legua y media a dos leguas hacia el centro. Eran descensos peligrosos, durante los cuales la destreza de Hans y su maravillosa sangre fría nos fueron muy útiles. Aquel impasible islandés se sacrificaba con una despreocupación incomprensible, y gracias a él conseguimos superar más de un mal paso del que nosotros no habríamos salido solos.
Descenso vertical.
Su mutismo aumentaba día a día. Creo que incluso nos iba invadiendo a nosotros. Los objetos exteriores ejercen una acción real sobre el cerebro. Quien se encierra entre cuatro paredes termina por perder la facultad de asociar las ideas y las palabras. ¡Cuántos prisioneros encerrados en una celda se han vuelto imbéciles, si no locos, por falta de ejercicio de las facultades mentales!
