Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Cuando volvà en mÃ, me hallaba medio en penumbra, tumbado sobre gruesas mantas. Mi tÃo me velaba, acechando en mi rostro algún resto de vida. A mi primer suspiro, me cogió la mano; a mi primera mirada lanzó un grito de alegrÃa.
—¡Vive! ¡Vive! —exclamó.
—Sà —respondà yo con voz débil.
—Hijo mÃo —dijo mi tÃo estrechándome contra su pecho—, ya estás a salvo.
Quedé vivamente conmovido por el acento con que pronunció estas palabras, y más aún por las atenciones que las acompañaron. Pero ¡se precisaban pruebas como aquélla para provocar en el profesor semejante expansión!
En ese momento llegó Hans. Vio mi mano en la de mi tÃo; me atrevo a afirmar que sus ojos expresaron un vivo contento.
—God dag —dijo.
—Buenos dÃas, Hans, buenos dÃas —murmure—. Y ahora, tÃo, dÃgame dónde estamos en este momento.
—Mañana, Axel, mañana; hoy estás todavÃa demasiado débil; te he puesto en la cabeza unas compresas que no hay que mover; duerme, pues, muchacho, y mañana lo sabrás todo.
—Pero al menos —continué yo— ¿qué hora es, qué dÃa?
