Viaje al centro de la tierra

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30

Al principio no vi nada. Mis ojos desacostumbrados a la luz se cerraron bruscamente. Cuando pude abrirlos, quedé todavía más estupefacto que maravillado.

—¡El mar! —exclamé.

—Sí —respondió mi tío—, el mar Lidenbrock, y quiero creer que ningún navegante me disputará el honor de haberlo descubierto ni el derecho a bautizarlo con mi nombre.

Una vasta capa de agua, el comienzo de un lago o de un océano, se extendía hasta perderse de vista. La orilla, muy recortada, ofrecía a las últimas ondulaciones de las olas una arena fina, dorada, sembrada de pequeñas conchas donde vivieron los primeros seres de la creación. Las olas rompían con ese peculiar murmullo sonoro de los medios cerrados e inmensos. Una ligera espuma volaba al soplo de un viento moderado, y algunas salpicaduras me llegaban al rostro. En aquella playa ligeramente inclinada, a cien toesas aproximadamente del límite de las olas, iban a morir contrafuertes enormes de rocas que subían ensanchándose a inconmensurable altura. Algunos, desgarrando la costa con su aguda arista, formaban cabos y promontorios roídos por el diente de la resaca. Más lejos, la mirada seguía su masa con nitidez perfilada en los fondos brumosos del horizonte.

Una vasta capa de agua se extendía hasta perderse de vista.


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