Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Sábado, 15 de agosto. El mar conserva su monótona uniformidad. Ni rastro de tierra a la vista. El horizonte parece excesivamente remoto.
Aún tengo la cabeza aturdida por la violencia de mi sueño.
Mi tÃo no ha soñado, pero está de mal humor. Recorre todos los puntos del espacio con su anteojo y se cruza de brazos con aire enojado.
Observo que el profesor Lidenbrock tiende a volverse el hombre impaciente del pasado, y anoto el hecho en mi diario. Fueron precisas mis peligrosas peripecias y mis penalidades para arrancar de él una chispa de humanidad; pero desde mi curación, su naturaleza ha vuelto a recuperar sus derechos. Y sin embargo, ¿por qué enfadarse? ¿No hacemos el viaje en las mejores condiciones? ¿No navega la balsa con maravillosa rapidez?
—Parece inquieto, tÃo —le digo al verle llevarse con frecuencia a sus ojos el catalejo.
—¿Inquieto? No.
—¿Impaciente entonces?
—No es para menos.
—Sin embargo, navegamos con una velocidad…
—¿Y qué importa? No es que la velocidad sea pequeña, es que el mar es demasiado grande.
