Viaje al centro de la tierra

Viaje al centro de la tierra

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Viernes, 21 de agosto. Al día siguiente, el magnífico géiser ha desaparecido. El viento ha refrescado, y nos hemos alejado con rapidez del islote Axel. Los bramidos se han ido apagando poco a poco.

El tiempo, si es que está permitido expresarse así, va a cambiar dentro de poco. La atmósfera se carga de vapores que arrastran consigo la electricidad formada por la evaporación de las aguas salinas; las nubes descienden sensiblemente y adoptan un uniforme tinte oliváceo: los rayos eléctricos apenas pueden horadar ese opaco telón echado sobre el teatro en que va a representarse el drama de las tempestades.

Me siento particularmente impresionado, como lo está en tierra toda criatura ante la proximidad de un cataclismo. Los cúmulos[19] amontonados en el sur presentan un aspecto siniestro; tienen esa apariencia «despiadada» que a menudo he observado al principio de las tormentas. El aire está pesado, la mar en calma.

A lo lejos, las nubes parecen grandes balas de algodón amontonadas en un pintoresco desorden; poco a poco se hinchan y pierden en número lo que ganan en tamaño; su pesadez es tal que no pueden separarse del horizonte; pero al soplo de las corrientes altas, se funden poco a poco, se ensombrecen y pronto presentan una capa única de aspecto temible; a veces, una bola de vapores todavía iluminada salta sobre esa alfombra grisácea y va a perderse inmediatamente en la masa opaca.


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