Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Aquí concluye lo que he llamado el «diario de a bordo»; salvado, por fortuna, del naufragio. Ahora vuelvo a mi relato como antes.
No podría decir qué pasó al chocar la balsa contra los escollos de la costa. Me sentí precipitado entre las aguas, y si escapé a la muerte, si mi cuerpo no quedó desgarrado sobre las rocas puntiagudas, fue porque el brazo vigoroso de Hans me apartó del abismo.
El valiente islandés me transportó fuera del alcance de las olas, sobre una playa ardiente, donde me encontré al lado de mi tío.
Luego volvió hacia aquellas peñas contra las que chocaba el mar embravecido, a fin de salvar algunos restos del naufragio. Yo no podía hablar; estaba roto de emoción y de fatiga; necesité más de una hora para reponerme.
Mientras tanto continuaba cayendo un aguacero de diluvio, pero con esa fuerza que anuncia el fin de las tormentas. Algunas piedras superpuestas nos ofrecieron un refugio contra los torrentes del cielo. Hans preparó alimentos que no pude probar, y agotados por la vigilia de tres noches, caímos todos en un doloroso sueño.
Al día siguiente el tiempo era magnífico. El cielo y el mar se habían aplacado como de mutuo acuerdo. Había desaparecido toda huella de tempestad. Las palabras joviales del profesor saludaron mi despertar. Su alegría era enorme.
