Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Me sería imposible describir la sucesión de sentimientos que agitaron al profesor Lidenbrock: la estupefacción, la incredulidad y, por último, la cólera. Jamás vi a un hombre tan desconcertado primero y tan irritado después. Las fatigas de la travesía, los peligros corridos, ¡había que empezar todo de nuevo! Habíamos retrocedido en lugar de ir hacia delante.
Pero mi tío se rehízo rápidamente.
—¡Ay, qué jugadas me gasta la fatalidad! —exclamó—. Los elementos conspiran contra mí. El aire, el fuego y el agua combinan sus esfuerzos para oponerse a mi paso. Pues bien, se sabrá lo que puede mi voluntad. ¡No cederé, no retrocederé ni un ápice, y ya veremos quién vence, el hombre o la naturaleza!
De pie sobre la roca, irritado, amenazador, Otto Lidenbrock, semejante a un feroz Áyax, parecía desafiar a los dioses. Pero creí oportuno intervenir y poner freno a su insensata furia.
—Escúcheme —le dije en tono firme—. Aquí abajo hay un límite a toda ambición; no hay que luchar contra lo imposible; estamos mal equipados para un viaje por mar; no se hacen quinientas leguas en un mal ensamblaje de palos con una manta por vela, un bastón a guisa de mástil, y contra las furias desatadas. No podemos guiarlo, somos juguete de las tempestades, y es obrar como locos intentar por segunda vez esta travesía imposible.
