Viaje al centro de la tierra

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Supongo que entonces debían ser las diez de la noche. Tras aquel último asalto, el primer sentido que me funcionó fue el del oído. Casi inmediatamente, porque fue un auténtico acto de audición, escuché hacerse el silencio en la galería tras aquellos bramidos que llenaban mi cabeza desde hacía largas horas. Por fin, me llegaron como un murmullo estas palabras de mi tío:

—¡Subimos!

—¿Qué quiere decir? —pregunté.

—Sí, subimos, subimos.

Extendí el brazo, toqué la pared; mi mano quedó ensangrentada. Subíamos con extrema rapidez.

—¡La antorcha! ¡La antorcha! —exclamó el profesor.

No sin dificultades, Hans consiguió encenderla, y la llama, manteniéndose de abajo arriba pese al movimiento ascensional, lanzó la suficiente claridad para iluminar toda la escena.

La antorcha lanzó la suficiente claridad para iluminar toda la escena.

—Es lo que pensaba —dijo mi tío—. Estamos en un pozo estrecho, que no tiene más de cuatro toesas de diámetro. El agua, una vez que ha llegado al fondo del abismo, recupera su nivel y nos sube con ella.

—¿Adónde?


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