Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra SÃ, loca. La aguja saltaba de un polo a otro con bruscas sacudidas, recorrÃa todos los puntos del cuadrante y giraba como si estuviera dominada por el vértigo.
SabÃa de sobra que, según las teorÃas más aceptadas, la corteza mineral del globo no está nunca en estado de reposo absoluto; las modificaciones producidas por la descomposición de las materias internas, la agitación procedente de las grandes corrientes lÃquidas y la acción del magnetismo, tienden a romperla constantemente, incluso aunque los seres diseminados por su superficie no sospechen su turbulencia. Por lo tanto, ese fenómeno me habrÃa asustado, de otra forma, o al menos, no habrÃa hecho nacer en mi mente una idea terrible.
Pero otros acontecimientos, ciertos detalles sui géneris, no me permitieron dudar más tiempo. Las detonaciones se multiplicaban con una intensidad espantosa. Sólo podÃa compararlas con el ruido que harÃan un gran número de carruajes arrastrados rápidamente por el empedrado. Era como un trueno interminable.
Además, me confirmaba en la opinión de la brújula enloquecida, sacudida por los fenómenos eléctricos. La corteza mineral amenazaba con quebrarse, los macizos granÃticos parecÃan querer unirse, las grietas rellenarse, colmarse el vacÃo, y nosotros, pobres átomos, Ãbamos a ser aplastados en aquel formidable abrazo.
—¡TÃo, tÃo! —grité—, estamos perdidos.
