Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Cuando volvà a abrir los ojos, me sentà sujeto de la cintura por el brazo vigoroso del guÃa. Con la otra mano sostenÃa a mi tÃo. Yo no estaba herido de gravedad; sólo exhausto por un agotamiento general. Me vi tendido en la ladera de una montaña, a dos pasos de un abismo al que me habrÃa precipitado el menor movimiento. Hans me habÃa salvado de la muerte cuando rodaba por la falda del cráter.
—¿Dónde estamos? —preguntó mi tÃo, que me pareció muy irritado por haber vuelto a tierra.
El cazador se encogió de hombros en señal de ignorancia.
—En Islandia —dije.
—Nej —respondió Hans.
—¿Cómo que no? —exclamó el profesor.
—Hans se equivoca —dije yo levantándome.
Tras las innumerables sorpresas de aquel viaje, nos estaba reservada todavÃa una mayor. Yo esperaba ver un cono cubierto de nieves eternas, en medio de los áridos desiertos de las regiones septentrionales, bajo los pálidos rayos de un cielo polar, más allá de las latitudes más altas; y contrariamente a todas estas previsiones, mi tÃo, el islandés y yo estábamos tumbados en la pendiente de una montaña calcinada por los ardores del sol que nos devoraba con su fuego.
