Viaje al centro de la tierra
Viaje al centro de la tierra Ante estas palabras un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo. Sin embargo me contuve. Incluso resolvà poner buena cara. Sólo los argumentos cientÃficos podÃan detener al profesor Lidenbrock. Y los habÃa, y buenos, contra la posibilidad de semejante viaje. ¡Ir al centro de la Tierra! ¡Qué locura! Reservé la dialéctica para el momento oportuno, y me ocupé de la comida.
No referiré las imprecaciones de mi tÃo ante la mesa sin poner. Todo quedó explicado y se devolvió la libertad a Marthe, que corrió al mercado e hizo todo con tanta diligencia que una hora después mi hambre estaba calmada y recuperaba la conciencia de la situación.
Durante la comida, mi tÃo estuvo casi alegre; se le escapaban esas bromas de sabio que siempre son inocentes. Tras el postre, me hizo señal de seguirle a su gabinete.
ObedecÃ. Se sentó en un extremo de su mesa de trabajo y yo en el otro.
—Axel —dijo con una voz bastante dulce—, eres un muchacho muy ingenioso; me has prestado un gran servicio cuando, cansado de luchar, iba a abandonar esta combinación. ¿Adónde me habrÃa llevado mi extravÃo? Nadie puede saberlo. ¡Nunca olvidaré esto, muchacho, y tendrás tu parte en la gloria que vamos a conquistar!
«Bueno —pensé yo—, está de buen humor; ha llegado el momento de discutir esa gloria».
