Viaje alrededor de la luna
Viaje alrededor de la luna A las seis de la tarde pasaba el proyectil por el Polo Sur, a menos de 60 kilómetros, igual distancia a que se habÃa aproximado del Polo Norte. La curva elÃptica se dibujaba, pues, con toda visibilidad.
Se hallaban a la sazón los viajeros en ese bienhechor efluvio de los rayos solares, volvÃan a ver esas estrellas que se movÃan con lentitud de Oriente a Occidente. El astro radiante fue saludado con un triple hurra. Con su luz enviaba su calor, que transpiró bien pronto a través de las paredes de metal. Los cristales volvieron a tomar su primitiva transparencia. La capa de hielo que los cubrÃa se derritió como por encanto. Inmediatamente después se disminuyó el gas por medida de economÃa, dejando el aparato de aire con su consumo habitual.
—¡Ah! —exclamó Nicholl—, ¡qué buenos son estos rayos calorÃficos! ¡Con cuánta impaciencia deben esperar los selenitas la reaparición del astro del dÃa, después de una noche tan larga!
—Sà —contestó Miguel, aspirando, por decirlo asÃ, aquel éter brillante—; luz y calor constituyen toda la vida.