Viaje alrededor de la luna
Viaje alrededor de la luna —¿O reposamos tranquilamente sobre la tierra de la Florida? —le preguntó Nicholl.
—¿O en el fondo del golfo de Méjico? —añadió Miguel Ardán.
—¡Qué ocurrencia! —exclamó el presidente Barbicane.
Y aquella doble opinión de sus compañeros le devolvió inmediatamente el sentido.
Como quiera que sea, no podían afirmar nada acerca de la situación del proyectil; su aparente inmovilidad, la falta de comunicación con el exterior, no permitían resolver la dificultad. Tal vez el proyectil desarrollaba su trayectoria por el espacio; acaso, después de una corta ascensión, hubiera vuelto a caer en tierra o en el golfo de México, lo cual no era imposible dada la poca anchura de la península de la Florida. El caso era grave y el problema interesante; y urgía resolverlo. Barbicane, sobreexcitado y venciendo con la energía moral la debilidad física, se levantó y escuchó; nada se oía por fuera. Pero el grueso tapiz que por dentro cubría las paredes bastaba para interceptar todos los ruidos terrestres. No obstante, una circunstancia sorprendió a Barbicane. La temperatura del interior del proyectil se había elevado notablemente; el presidente sacó de su estuche un termómetro y lo consultó; el preciso instrumento marcaba cuarenta y cinco grados centígrados.