Viaje alrededor de la luna
Viaje alrededor de la luna —Ya que no, hay nada que hacer —dijo Nicholl—, voy a proponer una cosa.
—¿Qué? —preguntó Barbicane.
—Propongo que durmamos.
—¡Vaya una idea! —exclamó Miguel Ardán.
—Llevamos cuarenta horas sin pegar los ojos —dijo Nicholl—, unas cuantas horas de sueño nos devolverán nuestras fuerzas.
—Me opongo —replicó Miguel.
—Bueno —prosiguió Nicholl—, que cada cual haga lo que guste; yo, por mi parte, voy a dormir.
Y tendiéndose en un diván, no tardó en roncar profundamente.
—Este Nicholl es un hombre de buen sentido —dijo, al poco rato, Barbicane—. Voy a seguir su ejemplo.
Y a los pocos instantes le hacÃa dúo.
—No se puede negar —dijo Miguel, cuando se vio solo— que estos hombres prácticos suelen tener buenas ocurrencias.
Y alargando sus piernas y cruzando los brazos sobre la cabeza se durmió también.
Pero aquel sueño no podÃa ser duradero ni tranquilo. Agitaban el ánimo de aquellos tres hombres demasiado cuidadosos, y asà fue que a las siete de la mañana ya estaban otra vez en pie.