Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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Pararon de repente las mulas al trote en la esquina del callejón de San Juan de Dios y salió a espacio y con no poco trabajo de la calesa un caballero alto, bien puesto, vestido de frac negro abotonado hasta el cuello, dejando ver por debajo el chaleco o chupa[6] de color claro, pantalones de carranclán[7] de pie, corbatín de cerda y sombrero de castor con copa enorme y ala angosta. Por lo que podía distinguirse en aquella media luz de las estrellas, las facciones más notables del hombre eran la nariz, que tenía aguileña, los ojos bastante vivos, el rostro ovalado y la barba pequeña. El color de ésta y el del cabello, las sombras del sombrero y de las paredes alterosas del convento vecino, lo oscurecían tal vez sin ser negro.

—Sigue hasta la calle de lo Empedrado —dijo el caballero en tono imperioso, más bajo, apoyando la mano izquierda en la silla de la mula de varas— y espera inmediato a la esquina. En caso que diese la ronda contigo, di que perteneces a don Joaquín Gómez y que aguardas sus órdenes. ¿Entiendes, Pío?

—Sí, señor, —contestó el calesero; quien desde que empezó a hablar su amo tenía el sombrero en la mano.

Y siguió al paso de las mulas hasta el punto que le indicó aquél.


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