Cecilia Valdes

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Con los caballeros, Uribe echó el resto de la cortesía y de la amabilidad, de que sabía revestirse cada vez que le convenía; con los criados, aunque acudían en nombre de personas de elevada posición, fue seco y parco en demostraciones civiles. Pero tuvo habilidad bastante para dejarlos a todos contentos y satisfechos, como que nada le costaba prodigar promesas a diestro y a siniestro, que es moneda imaginaria con que se pagan la mayor parte de las deudas en sociedad. De esta manera cumplió exactamente con los que le hablaron gordo desde el principio; a los restantes dio un solemne chasco, sin perder por eso su patrocinio. E idos todos, porque ninguno calentó asiento, se puso desde luego a habilitar las piezas que se proponía concluir para aquella noche. No descuidó, por supuesto, la casaca verde invisible de Gamboa; quien, satisfecho de que no sería chasqueado de nuevo, cedió a las vivas instancias de su amigo Fernando O'Reilly y le acompañó en el quitrín al paseo, llamado por imitación del famoso de Madrid, el Prado.







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