Cecilia Valdes

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No fue esto parte a hacerle perder al caballero su natural ecuanimidad. Lejos de ello, con mucha calma y deliberación le tomó el pulso a la muchacha, a guisa de médico, y después dijo:

—Traiga Vd. éter. Se ha desmayado. Esta moza está muy débil, necesita alimento.

—El médico lo ha prohibido, —observó seña Josefa.

—El médico no sabe lo que se pesca. Dela Vd. caldo. Pero despache con el éter.

Traído el álcali volátil, se le aplicaron a la nariz; pero las únicas señales de vida que dio la muchacha fue un estremecimiento de los párpados, que no abrió por cierto, y un llorar en silencio, o hilo a hilo, según reza la gráfica expresión vulgar. Mientras esto pasaba delante de la cama de la enferma, asomó la cabeza blanca por entre la puerta del fondo, medio abierta, la anciana negra antes mencionada; pero la retiró de golpe persignándose cual si viese al diablo, sin duda porque aún estaba allí el caballero desconocido. Al fin, éste se alejó de aquel sitio de dolor y de tribulación, saludó a seña Josefa con una mera inclinación de cabeza, y salió a la calle murmurando en su despecho:

—¡Y nadie más que yo tiene la culpa!


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