Cecilia Valdes
Cecilia Valdes El nuevo Prado constaba de una milla de extensión, poco más o menos, formando un ángulo casi imperceptible de 80 grados, frente a la plazoleta donde se elevaba la fuente rústica de Neptuno. Le constituÃan cuatro hileras de árboles comunes del bosque de Cuba, algunos con la edad muy corpulentos, e impropios todos de alamedas. Por la calle del centro, la más ancha, podÃan correr cuatro carruajes apareados; las dos laterales, más angostas, con unos pocos asientos de piedra, servÃan para la gente de a pie, hombres solamente, quienes en los dÃas de gala o fiesta se formaban en filas interminables a lo largo del paseo. La mayor parte de éstos, especialmente los domingos, se componÃan de mozos españoles empleados en el comercio de pormenor de la ciudad, en las oficinas del gobierno, en la marina de guerra y en el ejército, pues por su calidad de solteros y por sus ocupaciones, no podÃan usar carruaje y visitar el Prado en dÃas comunes. Es de advertirse además, que a la hora del paseo, estaba prohibido atravesar siquiera el Prado en vehÃculo de alquiler; y si algún extranjero lo hacÃa por ignorancia de la regla o consentimiento del sargento del piquete de dragones que daba allà la guardia, llamaba la atención y excitaba la risa general del público.