Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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Por fortuna la monotonía y la funérea gravedad de tan inocente recreo, a que las autoridades españolas daban el nombre arbitrario de orden, duraban lo que la presencia de los dragones del piquete en la avenida central del Prado, es decir, de las cinco a las seis de la tarde. Porque es cosa sabida que, unas veces con la punta de la lanza, otras a varazos, hacían que los caleseros guardasen el paso y la fila. Pero después de saludar el pabellón español en las fortalezas del contorno, ceremonia previa para arriarlo, lo mismo que las señales del Morro, desfilaba el piquete por la orilla de la Zanja, en dirección de la calle y cuartel de su nombre, y al punto empezaban las carreras, el verdadero ejercicio, la belleza y novedad de la diversión. Espectáculo digno de contemplarse era, en efecto, entonces, el paseo en carruaje y a caballo, del nuevo Prado de La Habana, iluminado a medias por los últimos rayos de oro del sol poniente, que en las tardes de otoño o de invierno se degradan en manojos de plata, antes de confundirse con el azul purísimo de la bóveda celeste. Los caleseros expertos se aprovechaban con ganas de la ocasión que se les presentaba para hacer alarde de su habilidad y destreza, no ya sólo en el regir de los caballos, en el girar violento y caprichoso de los quitrines, sino en el tino con que los metían por las estrechuras y la confusión, y los sacaban sin choque ni roce siquiera de unas ruedas con otras. Aún las tímidas señoritas, en el colmo del entusiasmo por el torbellino de las carreras y giros, arrebatadas en sus conchas aéreas, con la acción y a veces con la palabra, animaban a los jinetes; con que unos y otros contribuían hasta donde más al peligro y grandeza del espectáculo. Poco a poco desaparecía la vaporosa luz crepuscular; una polvareda sutil y cenicienta se elevaba remolinando hasta las primeras ramas de los copudos árboles y cubría todo el paseo; de manera que, cuando uno tras otro los quitrines, con su carga de mujeres jóvenes y bellas, dejaban el estadio en vuelta de la ciudad o de los barrios extramuros, no creía menos el desapercibido espectador sino que salían de las nubes, cual otras Venus, de la espuma de la mar.


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