Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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—Calla, calla, —le atajó la abuela—. No blasfemes después de haber rabiado, porque creeré que estás en pecado mortal. Si se rompió el vuelo del vestido ¿no fue porque te propusiste ponértelo contra mi expresa voluntad? ¿Quién tuvo la culpa de que se cayera y se quebrara la peineta? Tú, nadie más que tú, porque si no tuvieras esos actos de soberbia, nada de eso hubiera sucedido. Sí, sí, es preciso que te confieses, es preciso que hagas penitencia, que te arrepientas de tus pecados y que te enmiendes. Estás en pecado mortal, y si sigues así vas a parar en mal. Hay que poner remedio a esto en tiempo.

—¡Esa sí que está mejor! —continuó Cecilia a pesar de los ojos que le echaba la abuela—. Nunca había oído decir que era pecado no querer a quien no le gusta a uno.

—¿Y quién te dice que le quieras, espiritada? —exclamó la Chepilla con vehemencia—. ¿El te enamora acaso? El pecado consiste en no agradecer los favores que nos hacen y en morder la mano que nos acaricia.

—Vamos a ver, ¿cuáles son los favores de que habla su merced? ¿La mesada que nos pasa? ¿Los regalos que me hace de Corpus a San Juan? Dios y él sólo saben el motivo que le guía. ¿No es extraño, muy extraño, que sea tan generoso con nosotras, pobres mujeres de color, un hombre blanco y rico que no es nada de su merced, ni mío tampoco?


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