Cecilia Valdes
Cecilia Valdes ¡Hola!, del bergantÃn.
—¿Qué dirá? —¿Cómo se llama?
—El Condenado. —¿De dónde procede?
—De Sarrapatán. —¿Qué carga trae?
—Sacos vacÃos. —¿Cómo se llama el capitán?
—Don Guindo Cerezo.
Escenas a la vista del Morro de la Habana.
Como es de suponer, a las nueve de la mañana del dÃa después del baile en la Filarmónica, con dos excepciones, todo el mundo dormÃa en casa de Gamboa. Hablamos aquà del mundo de los amos, en cuyo número no entraban los ocho o nueve criados de la familia, porque éstos desde el amanecer debÃan estar en pie, desempeñando las obligaciones cotidianas, no embargante[104] el cómo habÃan pasado la noche.
Don Cándido, a pesar del poco dormir y de los graves pensamientos que le ocupaban a consecuencia de lo ocurrido en la junta en casa de don JoaquÃn Gómez, se levantó temprano y salió a la calle a pie, por pura impaciencia de carácter.
Su esposa, algo más tarde, tomaba café con leche muellemente arrellanada en uno de los sillones del comedor.
