Cecilia Valdes

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Capítulo VI

¡Hola!, del bergantín.

—¿Qué dirá? —¿Cómo se llama?

—El Condenado. —¿De dónde procede?

—De Sarrapatán. —¿Qué carga trae?

—Sacos vacíos. —¿Cómo se llama el capitán?

—Don Guindo Cerezo.

Escenas a la vista del Morro de la Habana.

Como es de suponer, a las nueve de la mañana del día después del baile en la Filarmónica, con dos excepciones, todo el mundo dormía en casa de Gamboa. Hablamos aquí del mundo de los amos, en cuyo número no entraban los ocho o nueve criados de la familia, porque éstos desde el amanecer debían estar en pie, desempeñando las obligaciones cotidianas, no embargante[104] el cómo habían pasado la noche.

Don Cándido, a pesar del poco dormir y de los graves pensamientos que le ocupaban a consecuencia de lo ocurrido en la junta en casa de don Joaquín Gómez, se levantó temprano y salió a la calle a pie, por pura impaciencia de carácter.

Su esposa, algo más tarde, tomaba café con leche muellemente arrellanada en uno de los sillones del comedor.


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