Cecilia Valdes

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—¿Los bozales quieres decir? ¡Qué horror!, —exclamó doña Rosa, llevándose ambas manos a la cabeza.

—Pues es claro, —continuó Gamboa imperturbable—. ¿Tú no ves que por salvar 80 ó 100 fardos iba a exponer su libertad el Capitán, la de la marinería y la del resto del cargamento, que era triple mayor en número? El obró arreglado a sus instrucciones: salvar el barco y los papeles a toda costa. Además, había que despejar el puente y aligerar, como te he dicho. No había tiempo que perder. ¡Pues no faltaba otra cosa! Eso sí, dice Carricarte, y yo lo creo, porque él es mozo honrado y a carta cabal, que en la hora del mayor peligro sólo tenía sobre cubierta los muy enfermos, los enclenques, aquéllos que de todos modos morirían, mucho más pronto si los volvían al sollado[114] donde estaban como sardinas, porque fue preciso clavar las escotillas.

—¡Las escotillas! —repitió doña Rosa—. Es decir, las tapas de la bodega del buque. De manera que los de abajo a estas horas han muerto sofocados. ¡Pobrecitos!




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