Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —¡Ángeles de Dios! —volvió a exclamar doña Rosa sin poder contenerse. Y reflexionando que acaso no estaban bautizados, añadió——: de todos modos, esas almas…
—Y dale con creer que los fardos de África tienen alma y que son ángeles. Esas son blasfemias, Rosa; —la interrumpió el marido con brusquedad—. Pues de ahí nace el error de ciertas gentes… Cuando el mundo se persuada que los negros son animales y no hombres, entonces acabará uno de los motivos que alegan los ingleses para perseguir la trata de África. Cosa semejante ocurre en España con el tabaco: prohíben su tráfico, y los que viven de eso, cuando se ven apurados por los carabineros, sueltan la carga y escapan con el pellejo y el caballo. ¿Crees tú que el tabaco tiene alma? Hazte cuenta que no hay diferencia entre un tercio y un negro, al menos en cuanto a sentir.
No había similitud ninguna en el ejemplo aducido, tampoco tiempo para discutir, porque en aquella sazón se presentó Tirso en la puerta del escritorio y dijo que el almuerzo estaba listo. Eran las diez y media de la mañana; por donde se ve claro que la conversación de don Cándido con su mujer había durado largo tiempo; y, sin embargo, no le había dicho los medios de que pensaba valerse para arrancar el Veloz y la mayor parte de la carga, compuesta de seres humanos, diga él lo que quiera, de las garras de los testarudos ingleses.