Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —¡Ea! Vayan Vds., con Dios y otra vez sean más prudentes. Y a propósito de prudencia: ayer tarde vino a mà un joven dependiente de una casa de comercio para quejarse de que a la luz del dÃa, en la plaza de San Francisco, le habÃan arrebatado un saco de dinero de su principal. ¿Cabe mayor imprudencia que la de ir por la calle enseñando el dinero a todo el mundo y tentando a la gente de mala Ãndole? También se me quejó de que al oscurecer del dÃa de ayer, dos negros con puñal en mano le pararon cerca de la estatua de Carlos III y le desvalijaron de cuanto llevaba encima de valor, el reloj, etcétera. Si Vd. hubiera tenido un tantico de prudencia, le dije, no se habrÃa expuesto a perder la vida atravesando sitio tan solitario como ese del Paseo, a la entrada de la noche, hora que escoge la gente mala para cometer sus fechorÃas. Aprenda de mà que no salgo de noche a la calle. Lo mismo digo a Vds.: no se metan en las garras de los ingleses y salvarán sus expediciones, ni comprometan la honra del Capitán General. La prudencia es la primera de las virtudes en el mundo.