Cecilia Valdes

Cecilia Valdes

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Tampoco tenía don Melitón malas obras ni malas palabras para Dolores. Lejos de eso, para ella reservaba sus sonrisas, sus agasajos y atenciones. De cuando en cuando la hacía regalos de pañuelos y dijes, que la muchacha aceptaba sin reparo, aunque para usarlos tuviese que mentir a sus señoritas; porque, después de todo, no halagaba poco su vanidad el que un hombre blanco emplease con ella tales galanterías.

No tenían origen estas distinciones del Mayordomo en favor de Dolores en la circunstancia de que era la doncella de las señoritas de la casa, tratada por ello con ciertas consideraciones por toda la familia, no; tenían diverso origen, procedían de los méritos de la moza como mujer: joven, bien formada y bonita para negra.

Aquel día en que por llegar tarde de su comisión al bergantín Veloz, almorzaba don Melitón a la cabecera de la mesa en el comedor, con todos los aires de amo, servido atentamente por Tirso, acertó a pasar Dolores y tropezar con su codo en los momentos en que se llevaba un vaso de vino a la boca. Fuese aquello por casualidad o de hecho pensado, el Mayordomo se aprovechó de la ocasión para pegarle un pellizco en el desnudo y bien torneado brazo.

—¡Ay, don Melitón! —exclamó ella sin alzar la voz, aunque llevándose la mano al punto dolorido.

—¡Ay, Dolores! —remedó él lleno de risa.

—Eso duele, —agregó la muchacha.


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