Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —Vamos, te escucho. Di.
—Pero tú no te negarás a mi ruego.
—No sé qué quieres de mÃ; mal puedo decir de antemano si me negaré o no. Supongo, sin embargo, que es una de tus boberÃas. Acaba.
—¿No crees tú, mamá, que ya MarÃa de Regla ha purgado la culpa?…
—¿No lo dije? —la interrumpió doña Rosa enojada—. ¿Y para esa necesidad me detienes y me ruegas que te oiga? ¿Ni quién te ha dicho que esa negra está purgando culpa alguna?
—¿Por qué la tienen tanto tiempo en el ingenio?
—¿Y dónde estarÃa mejor la muy perra?
—¡Jesús, mamá! Me duele que hables asà de quien me crió.
—Ojalá que nunca te hubiera dado de mamar. No sabes tú cuánto me ha pesado la hora en que te puse en sus manos. Pero bien sabe Dios que lo hice a no poder más. No me hables de MarÃa de Regla, no quiero saber de ella.
—CreÃa que la habÃas perdonado.
—¡Perdonado!, ¡perdonado! —repitió doña Rosa alzando la voz—. ¡Jamás! Para mà ya ella ha muerto.
—¿Qué te ha hecho para tanto rigor?
—¿Quién la trata con rigor?