Cecilia Valdes
Cecilia Valdes —¡Lisonjero! ¡Veleidoso! —exclamó Nemesia conocidamente pagada del requiebro—. Cuidado que los hombres son malos. Sólo que a mà no me gusta partir con naiden ni ser plato de segunda mesa.
—En siendo plato, mujer, no importa de qué mesa. ¡Ay de las que no son plato de ninguna!, porque es la prueba de que se quedaron para tÃas y para vestir santos. Celebremos un trato: no me hagas la guerra.
—Dale con la tema: yo no le hago la guerra al caballero.
—SÃ, sÃ, me la haces. Lo veo, lo conozco. Celia está brava conmigo por ti. Pero has escogido un mal camino para alejarme de ella. No le eches leña al fuego. AquÃ, aquÃ, añadió oprimiéndose el lado izquierdo del pecho con ambas manos, aquà hay lugar para Celia y para su más tierna amiga.
—No. Para que yo dentrara ahà habrÃa de ser sola, solita. No quiero compaña en el corazón del hombre que yo ame.
—¡EgoÃsta! —la dijo Leonardo echándole una mirada amorosa. Y se separaron, tirando Nemesia hacia la calle de Villegas en dirección de su casa en el callejón de la Bomba, y Leonardo todo derecho a la calle de O'Reilly.