Cecilia Valdes
Cecilia Valdes Dio aquí fin a su cuento seña Chepa y comenzó la admiración, el pavor de Cecilia, la cual se puso a temblar de pies a cabeza y a dar diente con diente, aunque sin cesar de bostezar, porque más era el sueño que el miedo; con lo que, dando traspiés, se fue a la cama, que es a lo que tiraba la astuta vieja. Muchos otros cuentos por el estilo le hizo a la andariega muchacha; pero estamos seguros que no sacó otro fruto con ellos que llenar su cabeza de supersticiones y amilanar su espíritu. Ello es, que no por eso dejó la chica de hacer su gusto, escapándose a veces por la ventana, aprovechándose otras del momento en que la enviaban a la taberna de la esquina inmediata, para andarse de calle en calle y de plaza en plaza: cuándo en pos de la incitativa música de un baile; cuándo tras los tambores de los relevos; cuándo de los carruajes del entierro; cuándo, en fin, de la turba muchachil que arrebata el medio de plata en el bautizo.